Pirineistas


Nuevo relato para el concurso "Cuéntanos tu historia", en esta ocasión a cargo de Javier Herrera que nos deleita con literatura digna de los lectores más exquisitos. Os animamos a que disfrutéis su relato con tranquilidad, pues merece la pena abstraerse durante unos minutos y sacar el jugo de sus palabras... Gracias Javier!



Acabar de llegar y ya empezar a contar los días, soñar con nuevas montañas, ver en los libros futuras rutas, valles que aún quedan por recorrer. Saber que habrá que entrenar, que los desniveles a salvar serán duros, pero estar deseando volver. Y en esos últimos metros, antes de llegar a la cumbre; en silencio acordarme de los amigos de la montaña que se fueron, y agarrados a su recuerdo, llegar con ellos hasta la cima. Esperar entre los jirones de nieblas a que el sol calentara los agotados músculos. Y allá arriba llenar los pulmones con el aire puro de glaciares y rocas. Y mirar a los valles profundos salpicados de ibones con los más diversos tonos azules: desde el turquesa, al marino, el celeste, y otros son blancos, marrones….., agua, agua por todas partes. Volver a ver la pechuga naranja de los Quebrantahuesos, las danzas ágiles de los rebecos entre los caos de bloques. Los últimos osos escondidos en lo más profundo de los bosques, las águilas que miran impasibles a los abismos. Marmotas silbando en las praderas, la ceja roja de las perdices nivales.



Comenzar a caminar antes de que salga el sol y discurrir por zonas de prados entre avellanos y bancales de heno escuchar los cencerros de las vacas saliendo vaho de sus hocicos mientras pastan y luego pasar a bosques de hayas y abedules, y ver  a los abetos cargados de líquenes, y después los pinos retorcidos por las nevadas, más tarde los prados y finalmente la roca desnuda de los verdosos granitos, la calizas grises, blancas y naranjas, los esquistos rojos. Los pliegues de la dura roca haciendo figuras imposibles, afiladas y demoníacas aristas, desafiando a los cielos como tridentes. Estratos verticales, horizontales como gigantescas gradas, Los horizontes infinitos, los valles glaciares, vertiginosas caída de aguas hasta donde te alcance la vista. Neveros perpetuos, los últimos glaciares colgados desafiando el cambio climático. Gélidas noches que no cambiarías por nada, por ver esos cielos cargados de estrellas como nunca los has visto. La vida dependiendo de la yema de tus dedos, de las suelas de tus botas. Detenerse, en esas lagunas sin nombre y apoyado en una piedra medio adormecido, notar en el rostro la brisa que riza las tranquilas aguas. Y allí estarán esperando un año en la oscuridad del invierno. Gigantes dormidos, tapados con las sabanas de las nieves, aguantando las ventiscas. Esas mismas montañas, que al llegar la primavera, en una nueva desnudez habrán despertado y que nos hacen volver cada temporada.



Pero tuve que volver al valle, y allí me sumergí de nuevo con las gentes y sus tecnologías. Comunicados como nunca, más aislados que antes. Como un viejo salmón a remontar el mismo río  de la infancia. Y otra vez me encontré con los besos de judas, volví a ponerme la misma chaqueta agujereada en la espalda, a esperar la siguiente puñalada, las mismas sonrisas hipócritas, a levantarnos tras las zancadillas y a los abrazos que daban escalofríos. Siempre a contracorriente. Con lo cómodo que sería dejarme arrastrar por la fuerza del agua de ese río de masas, que me llevara por su cauce con el resto. Pero por más que lo he intentado; no puedo. Aún recuerdo. Cuando en otros tiempos, los que no nos adaptábamos a esa sociedad (indignados de otros tiempos). En esa huida constante de lo que no entendíamos; simplemente nos hacíamos montañeros.

         Javier Herrera Perea.

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