Por fin, el Toubkal

Nuevo relato en nuestro blog para el concurso "Cuéntanos tu Historia", a cargo de José Manuel Navarro, intrépido deportista, montañero y alpinista, siempre a la búsqueda de nuevos retos de los que nos hacen "sentir vivos". En su aventura ascendieron al Toubkal y fueron atendidos por los servicios de amigo adventures, empresa dedicada a los viajes de aventura, y nos la relata desde una perspectiva llena de descriptiva que nos sumerge por momentos en la cima más alta del Atlas.Muchas gracias José Manuel por tu "historia".



José M. con sus compañeros Alvaro Villazán y Antonio Ruiz en la cumbre del Toubkal

Para relatar el ascenso al Toubkal he preferido no precisar la información que ya prolifera por muchas páginas y blogs especializados, en los que podremos encontrar todos los datos necesarios para la aproximación desde Marrakech hasta Imlil, punto obligado de partida de la ruta que conduce desde sus 1.704m de altitud hasta los 4.147m de la cima más alta del Atlas.

Pero sí me parece más interesante hablar de las sensaciones percibidas durante el camino. Los datos de las distancias recorridas y los desniveles acumulados nos dan una idea de la magnitud del espacio que nos espera pero no nos acercan a la experiencia que, luego, en realidad viviremos.

Marrakech, como era de esperar, rompe todas expectativas si no la conoces previamente. Pero las poblaciones que recorres después te corroborarán lo que has esperado encontrar tras haber leído relatos de viajes similares escritos por personas de diferentes procedencias. Si en Imlil das un salto en el tiempo a aquellos pueblos de la geografía montaraz hispana anclados entre montañas y con poca conexión con las grandes capitales, en Aremd te trasladas a los años en los que el hombre estaba íntimamente relacionado con su entorno, mimetizado con la tierra y su único interés se basaba en ordenar su vida acompasándola con el pulso de la naturaleza.

Las casas de estos poblados, la tierra, la piel y la vida de sus moradores tienen el mismo color. Se produce una mimetización por integración y sintonía con un paisaje que más pareciera alpino que africano. El agua discurre por las laderas procedente del deshielo, a lo largo del Valle Ait Mizane, regando de vida las zonas de aluviones donde encontramos diversos cultivos aterrazados y mimados por las manos de los bereberes que antaño se asentaron para dejar su impronta y su lengua.

El amplio valle se va cerrando conforme iniciamos el ascenso por el margen izquierdo del río. Si volvemos la mirada, divisaremos por última vez las agrupaciones de casas de Arend y las desperdigadas casas de labor que jalonan el valle hasta que la verticalidad de sus laderas hace imposible su construcción.

Panorámica de la cordillera del Atlas y cima del Toubkal


La pendiente se hace más evidente y el piso se torna muy irregular, por lo que la marcha se transforma en cansina. Sólo la coincidencia con otros viajeros y el intermitente paso de acémilas y burros altera la monótona marcha para poder dejar paso a unos y otros. A ratos, nos parece estar caminando por senderos ya transitados en otras ocasiones; la semejanza con paisajes conocidos de Sierra Nevada, por ejemplo, se hace patente cuando el cansancio empieza a hacer mella y andamos con la mirada y la mente distraída para aliviar la dureza de la pendiente en algunos tramos. Entonces, cuando recuperamos el aliento, caemos en la cuenta de que estamos a miles de km recorriendo otras tierras.

La vegetación es similar, monte bajo mediterráneo con agrupaciones de sabinas negrales y tuyas, aunque podemos observar algunas flores que a buen seguro deben ser endémicas de la región.

Conforme ascendemos, algunas viviendas de uso comercial van apareciendo en medio del camino para ofrecer bebida, comida y recuerdos de diversa índole. Se agradecen algunas paradas para hablar con los viajeros e intercambiar experiencias del camino.

Casi a medio camino, aunque sin diferenciarse mucho con lo ya encontrado, aparece el santuario de Chidi Chamarout, donde también se pueden realizar compras. Desde hace un tiempo y por unos pocos km más, el río se mantiene muy encajonado en una quebrada estrecha de paredes verticales que acunan reservorios de nieve en las zonas más umbrías. La sensación alpina es mucho más patente, aunque en poco rato empieza abrirse para dejar paso a un cielo más amplio y a un valle más glacial. La sensación es la de entrar en un circo de laderas suaves en la base y abruptas en las cimas.

Por un tiempo hemos visto sabinas albares, algún lagarto despistado y lo que nos han parecido chovas. La suerte no nos ha acompañado para divisar carneros, gatos salvajes o águilas, pero sabemos que no deben andar muy lejos.

El largo trayecto del primer día, culmina en el refugio de Nelther gestionado por el Club Alpino Francés. Estamos a 3.207m de altitud, por lo que hemos ascendido poco más de 1.500m para situarnos en la base, ya bastante nevada, de lo que será el ascenso a la cima más alta del Atlas.

Por la tarde se nota la bajada brusca de temperatura en cuanto el sol abandona los riscos y las sombras se adueñan de las rocas. En el interior del refugio se está bien. Muchos montañeros, de diferentes nacionalidades, buscan descanso y alimentación nutritiva para recuperarse del desgaste. El intercambio de las vivencias del día y de los propósitos de la siguiente jornada se hace el protagonista de la noche. Afuera, algunas nubes tímidas sólo impiden parcialmente la espectacular visión de un cielo abrumadoramente estrellado. El Toubkal tampoco se ve, pero sabemos que está allí, esperándonos.

Tras un desayuno energético, cuando el sol no ha hecho aún su presencia pero la claridad ha despejado las sombras, nos ponemos los crampones en la puerta del refugio dispuestos a afrontar el ascenso, el fuerte ascenso nevado nada más iniciar la marcha.



La nieve tiene un comportamiento desigual: en algunas zonas está dura pero cede bajo la pisada, en otras está helada y en las menos, podemos hundir la bota hasta los tobillos. El barranco Inkibi muestra sus credenciales para hacernos sufrir en cuestas de casi el 40%. Pero los merecidos descansos nos hacen volver la vista hacia el paisaje que se va abriendo ante nosotros, mostrando todos los picos que, frente a nuestra ladera, conforman una cadena de hermanos de más de 3.000m de altitud, perfectamente alineados para proteger el flanco oeste.

Son varios los collados que tenemos que superar mientras salvamos los 500m de altitud hasta llegar al falso cerro en el que la nieve desaparece bruscamente. El sol ya ha hecho acto de presencia desde hace un rato, pero la ropa de abrigo aún hay que mantenerla pues el viento que asciende desde el valle hace que la sensación térmica sea muy baja.

Nos quitamos los crampones y decidimos afrontar los últimos poco más de 400m de ascenso, no sin antes comer algo para reponer las energías perdidas, y sobre todo beber. El frío disimula la deshidratación, pero no la evita. Cuando nos ha parecido que la pendiente se suaviza, sólo es una ilusión, pues el collado que separa el Toubkal del segundo pico más alto (Ouanoukrim, 4.088m) vuelve a poner a prueba nuestra resistencia.



Culminar los 4.000m es como superar el límite psicológico que nos hará más llevadero el último tramo, pero no es así. Las piedras, muy similares a las que podemos encontrar en la cordillera gemela de Sierra Nevada, se hacen eternos obstáculos redondos en el camino a pesar de su pequeño tamaño. Sólo el paisaje que vislumbramos, cada vez más amplio y extenso, calma del cansancio y la tenue aparición de algunos síntomas del mal de altura. 

Pero allí estamos, finalmente en la cumbre más alta del Atlas, mediando entre las nevadas montañas septentrionales y las amplias llanuras meridionales. Todo un espectáculo de 360º que nos hace sentir como recién llegados a este punto del norte de África. Las dos jornadas de ascenso anteriores quedaron atrás pareciera que hace muchos años. Lo importante es el instante de disfrutar del espectáculo y sentir que el cuerpo olvida fácilmente el cansancio cuando el objetivo se ha cumplido y la naturaleza ha sido la cómplice de ello.

El regreso lo haremos por el mismo camino; lo que antes fue puro descubrimiento y exposición de los sentidos al permanente y conmovedor sortilegio del paisaje, ahora todo se tornaba redescubrimiento y juiciosa atención para grabar con más fuerza lo vivido. Deshacer el camino, a veces, es como revivirlo pero desde otra perspectiva; no la del sentido contrario, sino desde la que nos permite completar la historia originada el día que decidimos iniciar un nuevo viaje.

José Manuel Navarro Llena


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